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Conocer otras formas de disfrutar la montaña puede llegar a ser muy fácil y
divertido. No se deje impresionar por esos videos en los cuales unos tipos
locos, destilando adrenalina, se lanzan con sus esquís por una pendiente casi
vertical. Para el 99,9% restante de los mortales, entre dos a cien años,
esquiar es una forma distinta de hacer turismo, de pasear por una bella
montaña, deslizándose en lugar de caminar.
El
esquí es un deporte que admite a cualquier persona que tenga ganas de aprender
en muy poquitos días una técnica para deslizarse en la nieve. Sólo es necesario
un poco de buen humor, ganas de reírse mucho y deseos de pasar unas vacaciones
placenteras en familia o con amigos. Incluso los solitarios/as siempre
encontrarán compañía y diversión.
He aquí un adelanto de cómo funciona la técnica que nos permite utilizar los
esquís.
Estos son, en primer lugar, una máquina de deslizar, aprovechando la muy
pequeña fricción entre su superficie de apoyo y la nieve. Pero para que esta
máquina se mueva se necesita una pendiente (por eso las pistas de esquí corren
cuesta abajo) y con la ayuda de la gravedad, que actúa como motor.
De acuerdo con el grado de pendiente será la mayor o menor dificultad de cada
pista de esquí. Cada centro de esquí diseña sus pistas de forma tal de
satisfacer todos los gustos, desde el nivel principiante hasta los expertos.
Muchos me preguntan ¿por qué los esquiadores se la pasan haciendo giros a uno y
otro lado, en lugar de ir en línea recta?. Les respondo que esa es la única
forma de regular la velocidad pendiente abajo. Recuerden que los esquís no
tienen freno. Si uno los deja correr directamente hacia abajo se alcanzan
velocidades muy altas y se puede perder el control. Entonces, la técnica es
gastar algo de energía en cada viraje para ir regulando la marcha.
La otra pregunta habitual es ¿cómo se gira con un par de tablas de casi dos
metros de largo bajo los pies?. Dijimos que los esquís son una máquina de
deslizar. Bueno, también son una máquina de girar. Uno está pisando con todo el
peso de su cuerpo unas tablas que, en consecuencia, flexionan y se curvan.
Si se mantienen las tablas horizontales (con las piernas en posición vertical),
uno se desliza en línea recta, pero si se inclinan las piernas hacia un lado,
la geometría curva del canto de los esquís sobre la nieve nos hace virar. Si
además de inclinar las tablas pasamos casi todo el peso del cuerpo al esquí
externo al viraje, lo haremos flexionar más y girar mejor, siendo esta la
técnica adecuada.
En nuestro país se puede aprender a esquiar en cualquier centro de esquí. Mi
favorito es Chapelco, en San Martín de los Andes. Una de las razones de mi
preferencia es esa magia que tiene el deslizarse por entre el silencio de sus
bosques de lengas, cubiertas de nieve.
Tengo que mencionar también las exquisiteces en comidas, bebidas y postres que
se pueden degustar en los distintos restaurantes o refugios de ese centro
invernal.
Cada lugar tiene su diseño propio de menú del día con precios muy accesibles.
Por ejemplo, en "Antulauquen", se puede saborear desde una milanesa con fritas
o con puré, un guiso de lentejas, un lomito con crema de champiñón, hasta un
excelente puchero como lo hacía mi abuelita. Tomando la silla cuádruple se
encontrarán con el refugio "Graeff", donde sirven unos chocolates calientes con
las gigantes porciones de tortas de los gustos más variados.
Para el que extrañe la pizza, hamburguesas o panchos está el refugio de
"Pradera del puma", aunque este año también sirven unas chorreantes y
calentitas pizzetas en el refugio "Rancho Manolo".
Los viernes, después de jugar, divertirse y aprender sobre la nieve, los invito
a que se queden cerca de "Graeff" y disfruten del bellísimo espectáculo que es
la puesta del sol sobre las cumbres de los Andes patagónicos. Luego, tenemos la
demostración de los instructores de esquí, un sabroso goulash bien caliente
servido en "Antulauquen", con baile incluido y, en la pista 63, los reflectores
encendidos para todos aquellos que quieran adentrarse en la magia del esquí
nocturno ... imperdible ! Autor:
Martha Román
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