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A veces, a una le acomete el sueño de escapar hacia una isla en la que poder
tenderse despreocupadamente sobre la arena caliente o las rocas planas,
mientras la brisa del mar refresca, suavemente, el ambiente y en la lejanía se
oye el discreto ronroneo de ligeras embarcaciones cuyo paso origina pequeñas
olas que acaban muriendo en la playa. Casi siempre, este sueño se asocia con
lugares como el Mediterráneo, el Caribe u otros parajes tropicales, de manera
que cuando digo que eso se puede encontrar, también, en Suecia, en las
normalmente frías aguas del Báltico, mucha gente piensa que estoy bromeando.
Pues no, Suecia ofrece mucho mas que esculturales bellezas rubias y precios
elevados, aunque parezca que, a veces, los suecos no aprecien demasiado que
haya gente que quiera conocer su país. Y una de esas maravillas apenas
conocidas fuera de Suecia son las 24 mil islas que integran el archipiélago de
Estocolmo. Durante el breve pero espléndido verano sueco, ese laberinto de
islas e islotes resulta un terreno de incomparable para quienes les gusta estar
en contacto con la naturaleza.
Los veranos de Estocolmo son mas cálidos de lo que uno podría imaginar y duran
poco, desde mediados de junio hasta mediados de agosto. Durante esos dos meses
escasos, la ciudad, una de las mas bellas del mundo, aprovecha plenamente el
hecho de levantarse sobre varias islas situadas entre el lago Mälaren y el
archipiélago que da acceso al mar Báltico. Pocas ciudades ofrecen tantas
oportunidades para disfrutar de las actividades al aire libre y sus habitantes,
conscientes de la brevedad de la bonanza, las aprovechan al máximo.
Si elegimos la dirección oeste, hacia el agua dulce, son numerosos los cruceros
que diariamente visitan las preciosas orillas del lago Mälaren, con especial
atención para los lugares históricos, como el asentamiento vikingo de Birka.
Pero lo que realmente vale la pena es la oportunidad que el verano ofrece de
dirigirse hacia el este, hacia el agua salada, para explorar las bellezas
ocultas del archipiélago.
Hay islas de todos los tamaños y para todos los gustos. Desde pequeños islotes
pelados hasta grandes extensiones, cubiertas por una frondosa vegetación y
pobladas de manera estable. Algunas no tienen ningún tipo de atractivo, en
otras se mantiene el modo de vida tradicional, basado en la ganadería y la
pesca, mientras que unas pocas se han convertido en auténticos centros
turísticos y un número considerable de ellas son reservas protegidas.
El archipiélago está, como quien dice, a las mismas puertas de Estocolmo, de
manera que no resulta extraño que muchos habitantes de la ciudad tengan ahí sus
residencias de fin de semana o veraneo. Otros, en cambio, prefieren tener una
pequeña embarcación, normalmente a vela, con la que navegar por el laberinto de
islas y echar el ancla donde mejor les parezca.
Y el turista ? Cómo puede acceder al archipiélago ? Pues hay varios sistemas.
Obviamente, todas las islas son accesibles por mar, pero sólo algunas cuentan
con servicio regular de ferrys. Unas cuantas, pocas, están unidas al continente
por una red de puentes, de manera que también puede llegarse a ellas en coche.
Pero lo bueno, lo que realmente vale la pena, es moverse por el archipiélago a
bordo de un velero, con la autonomía y la libertad que otorga ese medio de
transporte.
Echar un vistazo a todas las islas del archipiélago es casi imposible y,
además, si lo hiciéramos, tampoco podríamos contarlo en estas líneas. Así que
vamos a escoger una, la isla de Utö, situada en el extremo sur del
archipiélago, a unas tres horas de navegación de Estocolmo. El simple viaje
hasta Utö es, ya, todo un espectáculo.
Canales anchos, canales estrechos, puertos naturales sabiamente aprovechados,
islas yermas y, sobre todo, los "torp", esas características casitas de madera
pintadas, casi todas ellas, de rojo oscuro y blanco. Algunas islitas son tan
pequeñas que apenas ofrecen espacio para que un único "torp" se alce,
desafiante, sobre sus peladas rocas.
Una vez en Utö, sucede lo que decíamos al principio de esta nota. Mientras
recorremos la isla en bicicleta, parece mentira que estemos en el mar Báltico.
Desde la ensenada donde está el pequeño puerto hasta múltiples rincones bañados
por el caliente sol estival, resulta fácil pensar que nos encontramos en
cualquier islita tropical ... salvo por las diferencias en la vegetación.
Encontramos multitud de rincones solitarios, en los que uno puede bañarse al
abrigo de miradas indiscretas, todo bajo la característica vigilancia del
molino de viento que se alza en la parte mas elevada de la isla y que, durante
mucho tiempo, sirvió de referencia para marinos y navegantes.
Cuando llega la hora de comer, nos dirigimos a los pequeños establecimientos
que hay junto al puerto. Como estamos en Suecia, nos inclinamos por pescado
ahumado y, como no, también comemos unos deliciosos arenques. Todo eso
aderezado con pan recién hecho y unas buenas cervezas frescas y nos sentimos
como en la gloria.
Vamos ahora con los consejos prácticos. La principal compañía que opera en el
archipiélago es la Waxholmsbolaget, cuyas embarcaciones salen del mismísimo
corazón de Estocolmo, en los muelles que hay frente a Nybroplan. Hay
excursiones de medio día y de día entero y, para quienes tengan mayores
ambiciones o mas tiempo, se puede obtener un abono válido para 16 días.
La mayoría de las islas habitadas cuentan con albergues juveniles, que suelen
ser los mejores alojamientos, aunque conviene reservar, y también suele ser
posible acampar por tiempo prolongado. Las embajadas suecas esparcidas por todo
el mundo no suelen facilitar mucha información turística pero, una vez en
Estocolmo, la mayoría de datos, reservas y billetes pueden obtenerse con una
visita a la Sverigehuset (en Hamngatan 27), frente a los conocidos almacenes
NK, junto al Kungsträdgarden. Buen viaje.
Autor: Elena S. Persson.
Fuente: Revista Ulises
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