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Hay ciudades que están situadas junto al mar pero que viven de espaldas al mar.
Con Sydney sucede exactamente lo contrario, hasta el punto de que, a veces, el
viajero no sabe donde empieza una y termina el otro.
Para empezar, son más de 50 km de puerto, de los cuales solo el 25% está
dedicado a cargueros, transatlánticos, etc., el resto es una ininterrumpida
sucesión de mástiles blancos de embarcaciones de recreo, que muestra la pasión
de los habitantes de Sydney por su mar.
Sydney con 3,5 millones de habitantes tiene 34 playas, entre todas esas playas,
un nombre especial: Bondi. Ese es el paraíso de los practicantes de surf.
También pueden mencionarse las playas de: Avalon, Palm Beach, Cooge, Curl Curl
y
Collaroy.
Todo en un clima templado que, durante el verano (diciembre a marzo), se sitúa
entre los 25 y los 30 °, y en invierno casi nunca desciende por debajo de los
10 °.
Este clima agradable y templado hace que la relación Sydney / Océano se
prolongue, sin altibajos, a lo largo de los doce meses del año. Pero hay un día
especial, el 26 de diciembre, en que la bahía se llena de blancos mástiles,
esperando el disparo de salida de la clásica regata Sydney-Hobart, en Tasmania.
Desde el parque que hay en la cumbre del North Head, la panorámica es,
realmente, espléndida.
Juegos Olímpicos del año 2000. "Comparte nuestro espíritu" fue el slogan que
abanderó la candidatura de Sydney, la ganadora. ¿Cuál es ese espíritu?
Sin dudas la realización de unos Juegos Olímpicos
racionales y ecologistas en una ciudad en la que funcionan
sistemas selectivos de recolección de residuos, en la que los materiales de
construcción deben ser no contaminantes, en la que hay un árbol en cada esquina
y en cada rincón, en la que el transporte público cumple su función con creces
y hace que el coche particular sea casi inútil.
Esa es Sydney, la puerta de Australia al mundo y viceversa, la ciudad que
quiere convertirse en un modelo urbanístico para el siglo próximo. La ciudad
que medio mundo conoce, sólo, por la curiosa silueta de la Casa de la Opera.
Detrás de lo que hoy parece una ciudad de insultante belleza, hubo una vez una
imagen horrible y despiadada. Apreciada por los navegantes por su considerable
profundidad y por la existencia de manantiales de agua dulce, Sydney Cove se
convirtió, pronto, en el punto de destino de millares de presos británicos para
quienes el gobierno de su Graciosa Majestad había decidido un viaje sin
retorno.
Presidiarios, delincuentes o no, a los que la dureza del clima y la crueldad de
la naturaleza convirtió en auténticos pioneros. Aún hoy, Sydney mantiene algo,
bastante, de ese espíritu pionero. La ciudad es tolerante (no le queda otro
remedio, si pensamos que en ella conviven más de 150 nacionalidades), atrevida
y emprendedora. Sus calles respiran una frescura vital que el paso del tiempo
parece acentuar todavía más. Negros, amarillos, cobrizos, blancos
... todos los
colores de la piel reunidos en unos cuantos kilómetros cuadrados.
Es ese mismo espíritu el que ha convertido a Sydney en una ciudad ecologista,
no sexista y, lógicamente, anti-racista al máximo, aunque todavía persista la
herida dolorosa de los originales habitantes de la tierra, los aborígenes, aún
hoy marginados en su propia tierra, situación que va cambiando lentamente.
Es aconsejable, iniciar nuestro paseo por The Rock, muy cerca de los muelles.
Es ahí donde vivían los primeros habitantes, donde se formó la ciudad.
Arquitectura colonial, posadas, almacenes y burdeles se han ido convirtiendo en
pubs, restaurantes o tiendas de recuerdos, todo para los turistas, que invaden
cotidianamente estas calles. Pero The Rock no ha perdido el desgarrado aire de
pionero a la fuerza que tuvo en su origen.
El contraste está en la zona de The Cross, barrio bohemio, barrio de artistas,
donde el viajero puede encontrar las mejores músicas, el jazz y el funk, y, de
vez en cuando, toparse con las muestras artísticas callejeras más inesperadas.
El centro comercial de la ciudad se levanta en los alrededores del Circular
Quay, al sur del maravilloso puente que cruza parte del puerto de Sydney. Ese
es un punto de mucho tráfico, de un ir y venir incesante. Es el lugar en que
los transbordadores cargan y descargan 24 horas al día. Y ya que hablamos del
puente, bueno será decir que es, probablemente, el mejor mirador sobre la
ciudad, especialmente al atardecer.
Entre los edificios construidos para impresionar, en Darling Harbour
encontramos el Acuario de Sydney, el más grande del mundo, no muy lejos, se
alza la Power House, un impresionante museo interactivo. La estilizada silueta
de la Torre de Sydney, que se levanta sobre la bahía, resulta un mirador
imprescindible para comprender la estrecha relación amorosa que une Sydney con
el Océano Pacífico.
Autor: Martha C. Reed
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